Ángel chismoso

Pasada la medianoche me persigue mi bulto. La noche está lluviosa y a cada esquina, alumbrada parcialmente por faroles amarillos, la acecho tan intensa como ella a mí. Camino apresurado con infructuosa intención de evitar los ineludibles charcos. Las gotas vierten sobre mí su cálido afecto aún debajo de las arbóreas ramas que delimitan el boulevar. Hay poca actividad en las aceras y ninguna conmigo. Frío, la noche ha sido extensa, arribo tarde.
Llegado al vestíbulo el elevador no espera y encaramo ferozmente unas escaleras de luz más ausente. Me desplazo por un corredor angosto de tercer nivel con firmes y mojadas huellas. Me acerco a la puerta la cual logro exitosamente abrir no porque traiga contraseña sino porque me esperan. Echo la caja a un lado mientras alcanzo la alcoba de últimos pasos. Me desplomo en el lecho. Colmar de besos, caricias, gemidos. Se desvanece la goteada noche con olor alucinante.
A la mañana una taza de café y regreso a la calle. Él es el único que lo entiende todo.
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